Difícilmente un trabajo logra
llevarse a cabo de buena manera cuando los recursos disponibles no cuentan con
la calidad necesaria para constituir una obra final correcta, sin vacíos ni
puntos negros. El maestro de obra quizá puede ser de los mejores entre su tipo,
pero si este no cuenta con herramientas ni materiales de excelencia, en definitiva,
su composición va a quedar inconclusa, faltante de ese toque de firmeza otorgado
por la posesión de elementos decisivos y de valor que permitan cumplir con el
buen desarrollo de las tareas.
En el juego del Deportivo Cali
pueden observarse grandes rasgos de lo descrito en el párrafo anterior. Siendo
honestos, sin tratar de darle paso a las miserias ni caer en un terreno de la
opinión peligrosa y destructiva, al equipo de Lucas Andrés Pusineri no lo
caracteriza tener un amplio abanico de soluciones futbolísticas. La escases de
argumentos para resolver situaciones dentro de un partido llevó al estratega
argentino a repetir un once inicialista que ante Atlético Junior logró competir
45’ minutos desde el alma, la pasión y el orgullo. Sin jugar bien, el cuadro
verdiblanco mantuvo un tiempo inicial desde el corazón y las ganas, aquellos
factores que reflejaron entrega pero que no fueron complementados por la
claridad en la asociación, la suficiencia en los circuitos ofensivos ni la
tranquilidad para ordenar una estructura que hiciera oposición ante un cuadro
barranquillero que recobró la memoria justo en una instancia donde debía lucir
las credenciales de campeón.
El entorno futbolístico fue
hostil. Desde lo propio y lo ajeno. La ansiedad y el nerviosismo con el
esférico en su poder lastraron las aspiraciones en el plano deportivo.
Imponerse al colectivo diseñado por Julio Avelino Comesaña fue un verdadero
karma. En gran parte porque se fallaba en la ejecución del plan y la
estrategia: querer atacar rápido y vertical sin contar con precisión y calma era
igual a pensar que es posible cultivar regando y sembrando un terreno árido.
Además, esta actividad no estaba contando con cultivadores esenciales como
Christian Rivera y Carlos Rodríguez. No había unión ni integración. Vulnerar al
rival, por tanto, dependió de la vía del juego aéreo y las acciones a balón
parado. Fueron casi que la única contestación.
La igualdad de Dinenno sobre el
final permitió pensar en una parte complementaria que tras es el descanso podía
ser algo más favorable para los verdes. Había que reforzarse y arroparse con el
envión que ofreció la igualdad en el score. Pero esta anotación no tuvo efecto.
Lo que sí provocó fue herir el orgullo de un cuadro currambero que sería con el
transcurrir del tiempo amo y señor del compromiso. Exhibió dotes, enseñó
poderío y con esto prolongó el desespero local amparado en un Teófilo Gutiérrez
que redondeó un partido excelso con una anotación a la que Deportivo Cali no
encontró reacción. Ni desde lo que disponía en el campo ni desde lo que vino
del banquillo porque, precisamente, correr un maratón descalzo es someterse a un
calvario innecesario. La ausencia de instrumentos era visible. Luchar y
batallar desde la inferioridad causó impotencia y malestar al punto que Rosero
se desencajó dando como resultado una imagen general en la que salió a escena
el caos.
La derrota ante Atlético Junior
arrojó una realidad que Lucas Andrés Pusineri pudo aislar en gran parte del
todos contra todos pero que al final sigue siendo parte del día a día, no se
puede esconder. La carencia futbolística en la plantilla es evidente. La
gestión y administración del estratega argentino ha sido correcta, positiva y
justa. Desde la penuria ha evitado que algunas noches no sean tan oscuras:
alzando el ánimo en los creyentes, motivando a los ateos y haciendo meditar a
los incrédulos.
Ahora no es tiempo de quedarse en
el dolor. La noche llegue todos los días pero hay que volver a levantarse. Él
mismo tras la derrota en Manizales sentenció que ‘a las derrotas hay que
aplastarlas’ y, por ello, no es tiempo de crucificar o desahuciar un grupo de
futbolistas que sabiendo sus limitaciones han completado minutos de alto
voltaje, desafiando reglas y cánones, sorprendiendo a propios y extraños.
El
domingo habrá una tercera ocasión para seguir vivos en una misión en la que
ahora no se admiten vientos de abandono. Por delante habrá un nuevo capítulo en
el que se debe hacer añicos el temor porque en el fútbol nada esta inventado y,
por el contrario, hay muchas cosas olvidadas: pues el fútbol es como un
fenómeno en el que muchas veces sucede lo que no esperamos.

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