lunes, 20 de mayo de 2019

Un sitio en la montaña

Foto: tomada del twitter oficial del Deportivo Cali (@Asodeporcali)


Deportivo Cali contaba con un poco menos de 72 horas para reponerse del duro traspiés que sufrió ante Atlético Junior. Mallugado viajaba al Atanasio Girardot para medirse contra Atlético Nacional en la fecha que constituía el término de la primera ronda del cuadrangular final. Hacer saber que el dolor era pasajero y momentáneo fue una idea abanderada por Lucas Andrés Pusineri luego de acumular su 7° derrota el día jueves. “Fue un golpe pero no un knockoutdeclaraba el argentino. En medio del temblor sus palabras fueron los primeros auxilios, la ayuda necesaria para que en medio del sismo el plantel conservara un pie de plomo tallado con pujanza, esfuerzo y sacrificio.


Desde el arranque del partido la disposición posicional y actitudinal enseñaba que la medida de triturar el dolor había quedado implantada pues, sin sentirse abatido ni doliente, el plantel de jugadores comenzó ejecutar un plan futbolístico de agresividad y apetito. Provocar heridas en Atlético Nacional desde la presión explicaba el posicionamiento adelantado, la voracidad en la marca y la determinación en las acciones ofensivas. Andrés Colorado y Christian Rivera afilaron sus dientes para rasgar al contrario con movimientos que coordinaban al grupo: un paso adelante suyo era respaldado por una serie de movimientos que el rival no detectaba, siendo presa en medio de una llanura donde no había lugar al escondite y la salida pues los azucareros, pese a jugar en condición de visitante, lucían un traje confeccionado por un fútbol desenfadado, fresco y pretencioso que derivaba en gobernabilidad.

Las reglas del juego con el paso de los minutos fueron escritas a puño y letra por Deportivo Cali que no terminaba de ponerle punto final al asunto porque Cuadrado opuso su figura la cual se mezclaba con la melancolía propia resultante del mal manejo de las transiciones. Navegar sin encontrar el tesoro, jugar sin llegar al gol, ser superior sin trasladarlo al marcador fue uno de los grandes inconvenientes que surgían con el trámite. Y como si la felicidad fuera una ilusión, pensaría y diría el mismísimo Camilo Vargas, llegó la anotación de Hernán Barcos desde los doce pasos. Cerrar los ojos había podido ser una respuesta ante el destino debido a que ir perdiendo era triste y frustrante. No obstante, había que acudir a un olvido pequeño para deshacer un ambiente insano e injusto.
Irse a los camerinos 1-0 entregaba una doble lectura: daba la sensación que los futbolistas requerían tiempo para luchar por un partido bien jugado, que futbolísticamente estaba al alcance pero que a la misma vez reclamaba ese respiro para traer tranquilidad y consciencia pues la primera etapa, en la que caían derrotados, podría valer como justificación para no decaer. Era imposible aceptar ese escenario cruel. Era duro renunciar a la revolución. Era amargo aceptar que se puede bailar en la oscuridad.

Machacar y taladrar a Atlético Nacional había sido el pendiente de los primeros 45’ minutos. Dinenno, Palavecino, Rodríguez y Delgado crearon angustia, peligro y riesgo pero no lo solidificaban en festejos de alegría. Aniquilar a José Fernando Cuadrado precisaba de puntería pues sus manos y humanidad llegaban a todo lado. El golero que vistiera la divisa vallecaucana estaba inspirado. Era la figura. Contenía y reaccionaba. Era evidente el sufrimiento verdolaga que encontraba amparo en su guardavallas.

El telón de la etapa complementaria abría con una noticia rutilante: el galope de un juego colectivo formidable derribaba las sólidas aspiraciones de Cuadrado gracias a un majestuoso gol de Carlos Mario Rodríguez. Su remate con la pierna menos hábil entró pidiendo permiso para exigir un premio merecido. Talento, clase y precisión. El guajiro culminaba una situación ofensiva que sería el trampolín para dar un verdadero salto. Desde lo grupal, los dirigidos por Pusineri estaban devorándose a su contrincante. El 1-1 era sellado por una voz de furia y rebeldía. Desahogo puro. Las montañas eran agitadas por un aliento ensordecedor. Atlético Nacional, en medio de la penumbra por un semestre futbolísticamente flojo, en el que las lesiones han sido pan de cada día, estaba atormentado viendo como el de la vereda de enfrente castigaba sin cesar ni reparos. Caer a la lona era asunto de minutos.

Al poco tiempo, luego de varias incursiones al área, hizo presencia la estela goleadora del rosarino Juan Ignacio Dinenno. Oportuno, pescando balones, estando en lugares reservados para artilleros. El argentino obtiene oro allí en la selva más agreste. Es de esos jugadores que cuando habla precisamente todo el mundo lo escucha. Y es que sus goles son el primer ejemplo. Tenerlo en el campo de juego es similar a abrir un paquete de chocolates o entrar al cine; es decir, da una sensación de esperanza, de felicidad anticipada, de que todo tiene valor para quien no da nada por perdido.

Sin dar tregua llegó el pronunciamiento de Agustín Palavecino. Otro con una noche mágica y clamorosa. En 60’ segundos Deportivo Cali remontaba un partido vital. El 1-3 era fruto de un fútbol desprovisto de miedos y arropado en un derroche de humildad. ¡Qué baño de compromiso, disciplina e intensidad! La ansiada resiliencia aparecía en un escenario en el que no se alzaban manos victorianas hacía 10 años, 16 fechas consecutivas, dando como efecto el primer triunfo en cuadrangulares frente al cuadro paisa desde que se juegan torneos cortos. Muchos alicientes e ingredientes promovidos por una ola que corre a espaldas de un conjunto ilusionado, que batalla con espíritu de principiante y que dignifica su imagen cada que rueda la pelota.

Este Deportivo Cali cerró la noche del domingo encontrando un sitio en la montaña escarpada e indomable que es el fútbol. Facturó quizá el mejor partido del semestre y uno que en mucho tiempo no se veía. Supremo y categórico. Su director técnico concluía que “no hay euforia desmedida cuando se gana ni tampoco tristeza profunda cuando se pierde” pero, de lo que sí puede estar seguro, es que su recorrido hasta ahora debe ser valorado desde la calma que brinda el fondo, allá donde reina la testarudez positiva, esa que sirve no para hacerle ver a los demás que tienes razón sino para enseñarte a ti mismo que eres capaz frente a los retos que te plantees y se asomen.


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