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| Foto: tomada del twitter oficial del Deportivo Cali (@Asodeporcali) |
Deportivo Cali contaba con un
poco menos de 72 horas para reponerse del duro traspiés que sufrió ante
Atlético Junior. Mallugado viajaba al Atanasio Girardot para medirse contra
Atlético Nacional en la fecha que constituía el término de la primera ronda del
cuadrangular final. Hacer saber que el dolor era pasajero y momentáneo fue una
idea abanderada por Lucas Andrés Pusineri luego de acumular su 7° derrota el
día jueves. “Fue un golpe pero no un knockout” declaraba el argentino. En
medio del temblor sus palabras fueron los primeros auxilios, la ayuda necesaria
para que en medio del sismo el plantel conservara un pie de plomo tallado con
pujanza, esfuerzo y sacrificio.
Desde el arranque del
partido la disposición posicional y actitudinal enseñaba que la medida de
triturar el dolor había quedado implantada pues, sin sentirse abatido ni
doliente, el plantel de jugadores comenzó ejecutar un plan futbolístico de
agresividad y apetito. Provocar heridas en Atlético Nacional desde la presión
explicaba el posicionamiento adelantado, la voracidad en la marca y la
determinación en las acciones ofensivas. Andrés Colorado y Christian Rivera
afilaron sus dientes para rasgar al contrario con movimientos que coordinaban
al grupo: un paso adelante suyo era respaldado por una serie de movimientos que
el rival no detectaba, siendo presa en medio de una llanura donde no había
lugar al escondite y la salida pues los azucareros, pese a jugar en condición
de visitante, lucían un traje confeccionado por un fútbol desenfadado, fresco y
pretencioso que derivaba en gobernabilidad.
Las reglas del juego con el
paso de los minutos fueron escritas a puño y letra por Deportivo Cali que no
terminaba de ponerle punto final al asunto porque Cuadrado opuso su figura la
cual se mezclaba con la melancolía propia resultante del mal manejo de las
transiciones. Navegar sin encontrar el tesoro, jugar sin llegar al gol, ser
superior sin trasladarlo al marcador fue uno de los grandes inconvenientes que
surgían con el trámite. Y como si la felicidad fuera una ilusión, pensaría y
diría el mismísimo Camilo Vargas, llegó la anotación de Hernán Barcos desde los
doce pasos. Cerrar los ojos había podido ser una respuesta ante el destino debido
a que ir perdiendo era triste y frustrante. No obstante, había que acudir a un
olvido pequeño para deshacer un ambiente insano e injusto.
Irse a los camerinos 1-0 entregaba
una doble lectura: daba la sensación que los futbolistas requerían tiempo para
luchar por un partido bien jugado, que futbolísticamente estaba al alcance pero
que a la misma vez reclamaba ese respiro para traer tranquilidad y consciencia
pues la primera etapa, en la que caían derrotados, podría valer como
justificación para no decaer. Era imposible aceptar ese escenario cruel. Era duro
renunciar a la revolución. Era amargo aceptar que se puede bailar en la
oscuridad.
Machacar y taladrar a
Atlético Nacional había sido el pendiente de los primeros 45’ minutos. Dinenno,
Palavecino, Rodríguez y Delgado crearon angustia, peligro y riesgo pero no lo
solidificaban en festejos de alegría. Aniquilar a José Fernando Cuadrado precisaba
de puntería pues sus manos y humanidad llegaban a todo lado. El golero que
vistiera la divisa vallecaucana estaba inspirado. Era la figura. Contenía y
reaccionaba. Era evidente el sufrimiento verdolaga que encontraba amparo en su
guardavallas.
El telón de la etapa
complementaria abría con una noticia rutilante: el galope de un juego colectivo
formidable derribaba las sólidas aspiraciones de Cuadrado gracias a un
majestuoso gol de Carlos Mario Rodríguez. Su remate con la pierna menos hábil
entró pidiendo permiso para exigir un premio merecido. Talento, clase y
precisión. El guajiro culminaba una situación ofensiva que sería el trampolín
para dar un verdadero salto. Desde lo grupal, los dirigidos por Pusineri
estaban devorándose a su contrincante. El 1-1 era sellado por una voz de furia
y rebeldía. Desahogo puro. Las montañas eran agitadas por un aliento
ensordecedor. Atlético Nacional, en medio de la penumbra por un semestre
futbolísticamente flojo, en el que las lesiones han sido pan de cada día,
estaba atormentado viendo como el de la vereda de enfrente castigaba sin cesar
ni reparos. Caer a la lona era asunto de minutos.
Al poco tiempo, luego de
varias incursiones al área, hizo presencia la estela goleadora del rosarino
Juan Ignacio Dinenno. Oportuno, pescando balones, estando en lugares reservados
para artilleros. El argentino obtiene oro allí en la selva más agreste. Es de
esos jugadores que cuando habla precisamente todo el mundo lo escucha. Y es que
sus goles son el primer ejemplo. Tenerlo en el campo de juego es similar a
abrir un paquete de chocolates o entrar al cine; es decir, da una sensación de
esperanza, de felicidad anticipada, de que todo tiene valor para quien no da
nada por perdido.
Sin dar tregua llegó el
pronunciamiento de Agustín Palavecino. Otro con una noche mágica y clamorosa.
En 60’ segundos Deportivo Cali remontaba un partido vital. El 1-3 era fruto de
un fútbol desprovisto de miedos y arropado en un derroche de humildad. ¡Qué
baño de compromiso, disciplina e intensidad! La ansiada resiliencia aparecía en
un escenario en el que no se alzaban manos victorianas hacía 10 años, 16 fechas
consecutivas, dando como efecto el primer triunfo en cuadrangulares frente al
cuadro paisa desde que se juegan torneos cortos. Muchos alicientes e
ingredientes promovidos por una ola que corre a espaldas de un conjunto
ilusionado, que batalla con espíritu de principiante y que dignifica su imagen
cada que rueda la pelota.
Este Deportivo Cali cerró la
noche del domingo encontrando un sitio en la montaña escarpada e indomable que
es el fútbol. Facturó quizá el mejor partido del semestre y uno que en mucho
tiempo no se veía. Supremo y categórico. Su director técnico concluía que “no hay euforia desmedida cuando se gana ni
tampoco tristeza profunda cuando se pierde” pero, de lo que sí puede estar
seguro, es que su recorrido hasta ahora debe ser valorado desde la calma que
brinda el fondo, allá donde reina la testarudez positiva, esa que sirve no para
hacerle ver a los demás que tienes razón sino para enseñarte a ti mismo que
eres capaz frente a los retos que te plantees y se asomen.

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