Hay rincones en las ciudades
que solo han sido visitado algunas veces y se mantienen secretos para quienes
decidan aventurarse a recorrer, quizás en soledad y asumiendo el riesgo, los
miles de kilómetros vírgenes que albergan las ciudades contemporáneas.
Kilómetros agolpados de barrios, calles, puentes, semáforos, avenidas y demás
que hacen de la ciudad un universo grandioso, mágico.
Pensar que Karl Rossmann,
personaje principal en la novela El Desaparecido de Kafka, asumió el castigo
impuesto por sus padres (enviarlo a un territorio desconocido) como un reto no
es algo descabellado. Un reto que, por cierto, desde su llegada a América, de
la cual había oído maravillas, se anunciaba como un camino complejo. El
"paraíso" deseoso de muchos Karl iba a gozarlo tan solo a los 17
años, suficientes en esa época para haber adquirido un comportamiento de adulto
que le fuera útil para adentrarse en otro mundo que aumentaba el ritmo al
caminar para ir a toda marcha. La temprana pérdida de su maleta construía un
futuro incierto, lleno de desespero, al que debía poner el pecho y salir al
paso sino quería verse sometido por la tierra del “progreso”, vencido sin ni
siquiera haber cumplido el sueño de pisar, oler y sentir la tierra prometida
(designación que surgió luego de escuchar anécdotas sobre Nueva York en tardes
de tertulias que tenían como protagonistas a sus familiares).
Y es que como un desafío,
precisamente, veía las calles de Santiago de Cali cuando tuve que empezar a
“andar solo”. En especial el Norte, un soduko irresoluto en
mi etapa de joven en cuanto a direcciones se trata. En el Norte debía
preguntar, porque preguntando se llega. No sentir que iba de la mano de mis
padres, abuelos o familiares hacía que adoptara una conducta de navegante por
los miles de afluentes que conforman las calles, calles mochas, carreras,
pasillos, transversales, autopistas, callejones y demás de la sucursal. Siempre
atento, tratando de archivar imágenes para reconocer direcciones, haciendo una
que otra pregunta, esquivando cualquier presencia amenazante, caminando sin
prisa y sintiéndome seducido por los distintos lugares que atravesaba.
Muchas veces partía hacía otros
lugares con la esperanza de poder gozar de mejores condiciones urbanas (de
vida), encontrar estabilidad emocional, visualizar nuevas fronteras, trincheras
o, simplemente, por la costumbre natural de conocer; pero nunca con el
pensamiento de que las cosas irían a mal, haciéndome padecer algo que,
inicialmente, pretendía disfrutar. Y es precisamente en estos momentos de
angustia, estando en tierras extrañas e impropias, en donde cualquier abrigo o
ayuda se percibe como una luz divina a la cual hay que aferrarse para poder
paliar la crisis producida por la soledad, lo desconocido y, en últimas, el
desamparo. Karl vivió algo de lo anterior. Perdió su maleta a causa de la
búsqueda fallida de su paraguas pero, por fortuna, encontró sus pertenencias y,
para mayor felicidad –o infelicidad-, un tío que no sabía si él de verdad
existía y que luego lo dejaría a la deriva, más desconsolado que el fogonero
por no conseguir una mejoría en su contrato. Esta vicisitud, sin dudar,
transformó la perspectiva de Karl de cara a su presencia en Nueva York y
alrededores.
No estar seguro de sí mismo, o
mejor, no confiar en uno mismo tarde que temprano termina siendo un arma de
doble filo en un lugar en donde se ha aterrizado con la etiqueta de exótico o
del cual muchas cosas resultan extrañas. Las rutas de los buses tradicionales
de Cali, por ejemplo, era un dolor cuando era jóven -mucho más que Karl-.
Seguir y ejecutar las instrucciones de mis padres: suba aquí, baje acá, aborde
x o y, entre por acá y demás, se me hacían confusas por lo que acostumbrarme a
viajar en bus intra-urbano, las primeras semanas, fue como aventarme a un
vacío. Rossmann disimulaba síntomas que lo hacían ver dubitativo, y además,
como si fuera poco, parecía ser el blanco preferido por las desgracias, como si
estas se perfilarán como dardos con coordenadas escritas con su nombre y
apellido. El traje de garulla que llevaba siempre cuando iba de baile me
brindaba una seguridad extra que ni el mismo baile aportaba. Era como si me
blindara de todo aquello malo que pasara o pudiese pasar. Éramos “bailarines”
–no era experto, pero algo hacía- y, por tanto, artistas de la calle a los
cuales no se les tocaba aunque de vez en cuando algún pillo se enamoraba de
las air for one que portaba alguno de los chicos y nublaba
el panorama.
La peregrinación de Karl hacia
un nuevo horizonte, en lo que Kafka llama “Viaja a Ramses”, trae consigo un
alivio a cuentagotas a una situación que no encontraba vientos frescos que
pudiesen dar fin a un momento depresivo. Dejarse llevar por la suerte es quizá
igual a no tener control sobre lo que se hace. Es como abordar un colectivo sin
ruta. Y cuando esto pasa, cualquier persona, desde él más vago hasta alguien
diligente, pasa a ser una especie de conductor, guía espiritual. Karl lo
experimentó desde el primer instante en que se topó con Delamarch y Robinson.
Eran desconocidos, y por lo tanto peligrosos pero tal vez eran la solución a su
mayor problema en ese entonces: conseguir un empleo que, a su vez, le ayudaba a
encontrar rumbo en un mundo nuevo, su mayor desasosiego.
Sin la oportunidad de conocer
Nueva York en los días que estuvo viviendo en casa de su tío, de donde solo
contempló una calle fría y oscura -pues cuando estuvo nunca salió-, poder
concebirla en medio de la caminata agobiante y agotadora hacia Butterford
supuso un momento de excitación que trajo consigo añoranza, como comenta Franz:
“mucho de lo que veía, a Karl le recordaba su patria y no sabía si hacía bien
en abandonar Nueva York y dirigirse al interior del país” (Kafka, 2000:121).
Invadido por la melancolía y nostalgia que causaba el atravesar, y al mismo
tiempo alejarse de Nueva York, cada vez que se disponía a dar un paso por
su mente rondaban pensamientos contrarios a la acción que realizaba, no quería
despegarse aunque ella, la ciudad, no le perteneciera, pues, como expresa
Kafka: “en todo momento estaba el mar y la posibilidad de regresar a su patria”
(ibíd:121). Este aspecto forjaba en él la inquebrantable imagen del “regreso”,
auqella que casi siempre viajaba conmigo cuando partía de Santiago de Cali
porque aunque quisiera partir, dejar la ciudad y sus experiencias, espacios,
calor, naturaleza, vínculos, relaciones siempre se tornaba como un suceso algo
amargo el cual siempre intentaba deshacer abrazando lugares similares de la
ciudad que me acogía.
La desilusión que vivió Karl
por no poder degustar la ciudad de la que escuchó tan buenos y estupendos
comentarios y de la cual había formado una imagen de “universo encantado”
terminó por acecharlo incluso en sus momentos de paz en tierras lejanas. Cuando
se pinta una ciudad en medio del arco-iris, vivirla luego, puede ser un
desencanto. Incluso martirio. La frustración por enfrentarse a la realidad
termina por crear un impacto agresivo y contundente a las expectativas con las
que se aterriza en una ciudad, haciéndolas variar desde el primer instante, pasando
incluso del deseo inicial de quedarse a vivir al desespero de querer
abandonarla en tan solo un abrir y cerrar de ojos.
El proceso para ser parte de
una ciudad ajena o extraña, y hasta considerada "propia", no es una
tarea fácil. Recorrerla, vivirla, seducirla, leerla pero sobretodo aceptarla,
implica, de alguna manera, iniciar el sendero para construir identidad,
producir significados, establecer vínculos, hacer definiciones, configurar
comportamientos, abrir espacios, edificar apropiaciones que son ideales que
motivan a pensar la ciudad como un proyecto de vida grupal, conjunto. El límite
firme, amurallado y subrayado que edifica y colorea lo desconocido es,
como demuestra Karl, una cuestión de tiempo que se puede desvanecer si tan solo
adoptamos la disposición de habitar, leer, observar, experimentar y aceptar el
lugar al cual pertenecemos y que, sin duda alguna, nos pertenece.
BILBIOGRAFÍA.
KAFKA, Franz. El desaparecido. [En
línea] <http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/K/Kafka,%20Franz%20-%20El%20Desaparecido.pdf>

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