viernes, 19 de octubre de 2018

El desaparecido y mi cuidad



Hay rincones en las ciudades que solo han sido visitado algunas veces y se mantienen secretos para quienes decidan aventurarse a recorrer, quizás en soledad y asumiendo el riesgo, los miles de kilómetros vírgenes que albergan las ciudades contemporáneas. Kilómetros agolpados de barrios, calles, puentes, semáforos, avenidas y demás que hacen de la ciudad un universo grandioso, mágico.



Pensar que Karl Rossmann, personaje principal en la novela El Desaparecido de Kafka, asumió el castigo impuesto por sus padres (enviarlo a un territorio desconocido) como un reto no es algo descabellado. Un reto que, por cierto, desde su llegada a América, de la cual había oído maravillas, se anunciaba como un camino complejo. El "paraíso" deseoso de muchos Karl iba a gozarlo tan solo a los 17 años, suficientes en esa época para haber adquirido un comportamiento de adulto que le fuera útil para adentrarse en otro mundo que aumentaba el ritmo al caminar para ir a toda marcha. La temprana pérdida de su maleta construía un futuro incierto, lleno de desespero, al que debía poner el pecho y salir al paso sino quería verse sometido por la tierra del “progreso”, vencido sin ni siquiera haber cumplido el sueño de pisar, oler y sentir la tierra prometida (designación que surgió luego de escuchar anécdotas sobre Nueva York en tardes de tertulias que tenían como protagonistas a sus familiares).

Y es que como un desafío, precisamente, veía las calles de Santiago de Cali cuando tuve que empezar a “andar solo”. En especial el Norte, un soduko irresoluto en mi etapa de joven en cuanto a direcciones se trata. En el Norte debía preguntar, porque preguntando se llega. No sentir que iba de la mano de mis padres, abuelos o familiares hacía que adoptara una conducta de navegante por los miles de afluentes que conforman las calles, calles mochas, carreras, pasillos, transversales, autopistas, callejones y demás de la sucursal. Siempre atento, tratando de archivar imágenes para reconocer direcciones, haciendo una que otra pregunta, esquivando cualquier presencia amenazante, caminando sin prisa y sintiéndome seducido por los distintos lugares que atravesaba.

Muchas veces partía hacía otros lugares con la esperanza de poder gozar de mejores condiciones urbanas (de vida), encontrar estabilidad emocional, visualizar nuevas fronteras, trincheras o, simplemente, por la costumbre natural de conocer; pero nunca con el pensamiento de que las cosas irían a mal, haciéndome padecer algo que, inicialmente, pretendía disfrutar. Y es precisamente en estos momentos de angustia, estando en tierras extrañas e impropias, en donde cualquier abrigo o ayuda se percibe como una luz divina a la cual hay que aferrarse para poder paliar la crisis producida por la soledad, lo desconocido y, en últimas, el desamparo. Karl vivió algo de lo anterior. Perdió su maleta a causa de la búsqueda fallida de su paraguas pero, por fortuna, encontró sus pertenencias y, para mayor felicidad –o infelicidad-, un tío que no sabía si él de verdad existía y que luego lo dejaría a la deriva, más desconsolado que el fogonero por no conseguir una mejoría en su contrato. Esta vicisitud, sin dudar, transformó la perspectiva de Karl de cara a su presencia en Nueva York y alrededores.

No estar seguro de sí mismo, o mejor, no confiar en uno mismo tarde que temprano termina siendo un arma de doble filo en un lugar en donde se ha aterrizado con la etiqueta de exótico o del cual muchas cosas resultan extrañas. Las rutas de los buses tradicionales de Cali, por ejemplo, era un dolor cuando era jóven -mucho más que Karl-. Seguir y ejecutar las instrucciones de mis padres: suba aquí, baje acá, aborde x o y, entre por acá y demás, se me hacían confusas por lo que acostumbrarme a viajar en bus intra-urbano, las primeras semanas, fue como aventarme a un vacío. Rossmann disimulaba síntomas que lo hacían ver dubitativo, y además, como si fuera poco, parecía ser el blanco preferido por las desgracias, como si estas se perfilarán como dardos con coordenadas escritas con su nombre y apellido. El traje de garulla que llevaba siempre cuando iba de baile me brindaba una seguridad extra que ni el mismo baile aportaba. Era como si me blindara de todo aquello malo que pasara o pudiese pasar. Éramos “bailarines” –no era experto, pero algo hacía- y, por tanto, artistas de la calle a los cuales no se les tocaba aunque de vez en cuando algún pillo se enamoraba de las air for one que portaba alguno de los chicos y nublaba el panorama.

La peregrinación de Karl hacia un nuevo horizonte, en lo que Kafka llama “Viaja a Ramses”, trae consigo un alivio a cuentagotas a una situación que no encontraba vientos frescos que pudiesen dar fin a un momento depresivo. Dejarse llevar por la suerte es quizá igual a no tener control sobre lo que se hace. Es como abordar un colectivo sin ruta. Y cuando esto pasa, cualquier persona, desde él más vago hasta alguien diligente, pasa a ser una especie de conductor, guía espiritual. Karl lo experimentó desde el primer instante en que se topó con Delamarch y Robinson. Eran desconocidos, y por lo tanto peligrosos pero tal vez eran la solución a su mayor problema en ese entonces: conseguir un empleo que, a su vez, le ayudaba a encontrar rumbo en un mundo nuevo, su mayor desasosiego.

Sin la oportunidad de conocer Nueva York en los días que estuvo viviendo en casa de su tío, de donde solo contempló una calle fría y oscura -pues cuando estuvo nunca salió-, poder concebirla en medio de la caminata agobiante y agotadora hacia Butterford supuso un momento de excitación que trajo consigo añoranza, como comenta Franz: “mucho de lo que veía, a Karl le recordaba su patria y no sabía si hacía bien en abandonar Nueva York y dirigirse al interior del país” (Kafka, 2000:121). Invadido por la melancolía y nostalgia que causaba el atravesar, y al mismo tiempo alejarse de Nueva York,  cada vez que se disponía a dar un paso por su mente rondaban pensamientos contrarios a la acción que realizaba, no quería despegarse aunque ella, la ciudad, no le perteneciera, pues, como expresa Kafka: “en todo momento estaba el mar y la posibilidad de regresar a su patria” (ibíd:121). Este aspecto forjaba en él la inquebrantable imagen del “regreso”, auqella que casi siempre viajaba conmigo cuando partía de Santiago de Cali porque aunque quisiera partir, dejar la ciudad y sus experiencias, espacios, calor, naturaleza, vínculos, relaciones siempre se tornaba como un suceso algo amargo el cual siempre intentaba deshacer abrazando lugares similares de la ciudad que me acogía.

La desilusión que vivió Karl por no poder degustar la ciudad de la que escuchó tan buenos y estupendos comentarios y de la cual había formado una imagen de “universo encantado” terminó por acecharlo incluso en sus momentos de paz en tierras lejanas. Cuando se pinta una ciudad en medio del arco-iris, vivirla luego, puede ser un desencanto. Incluso martirio. La frustración por enfrentarse a la realidad termina por crear un impacto agresivo y contundente a las expectativas con las que se aterriza en una ciudad, haciéndolas variar desde el primer instante, pasando incluso del deseo inicial de quedarse a vivir al desespero de querer abandonarla en tan solo un abrir y cerrar de ojos.

El proceso para ser parte de una ciudad ajena o extraña, y hasta considerada "propia", no es una tarea fácil. Recorrerla, vivirla, seducirla, leerla pero sobretodo aceptarla, implica, de alguna manera, iniciar el sendero para construir identidad, producir significados, establecer vínculos, hacer definiciones, configurar comportamientos, abrir espacios, edificar apropiaciones que son ideales que motivan a pensar la ciudad como un proyecto de vida grupal, conjunto. El límite firme, amurallado y  subrayado que edifica y colorea lo desconocido es, como demuestra Karl, una cuestión de tiempo que se puede desvanecer si tan solo adoptamos la disposición de habitar, leer, observar, experimentar y aceptar el lugar al cual pertenecemos y que, sin duda alguna, nos pertenece. 

BILBIOGRAFÍA.

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