jueves, 11 de octubre de 2018

LO ESTÉTICO Y EL ARTE EN RELACIÓN CON EL ESPACIO

Foto: tomada de facebook Soñadores Siloé
La “estética” ha sido objeto de múltiples reflexiones en las cuales se ha incorporado, principalmente, esquemas y parámetros provenientes de la cultura moderna de Occidente. Por ello, la condición estética de una obra es evaluada a partir de consideraciones pertenecientes a la estructura rígida y excluyente que propone el eurocentrismo como una manera  de pensar, que resulta insuficiente, las artes de otras épocas históricas o realizadas en otras regiones como Asia, África y América Latina.

Lo estético, plantea Bámbula, es inmanente a toda cultura humana desde tiempos remotos. Las civilizaciones antiguas conservaban una estética que no ha sido sistematizada y por ende es desconocida, pues “solo en la civilización occidental posterior a la aparición del racionalismo existe la estética en condición de algo que se comprende como disciplina teórica y que aspira a la racionalidad en la relación con su objeto”. (Bámbula, 1993.)

Vista desde el sentido y como producto de la visión occidental y de la Edad Moderna, la estética sitúa al arte en el centro de sus reflexiones. Sobre la posición de su papel, apunta Bámbula, que la estética “aparece generalmente como una teoría del arte o como una filosofía del arte, siendo su punto de partida el arte como una realidad concreta en el primer caso y la reflexión filosófico-teórica en el segundo”.

En este sentido, la reflexión sobre el arte, como apunta Fernando Cruz, en el prólogo de Lo estético en la dinámica de las culturas, “debe ser capaz de percibir que su objeto no es la obra sino la relación entre sujeto y objeto”[1]. Esta interrelación entre el sujeto y el objeto deriva en una perspectiva compleja que toma en cuenta la interacción del sujeto con una realidad extra-subjetiva, incluyendo la relación del individuo con su espacio y siendo parte a la misma vez de un sistema cultural, que cómo afirma Juliane Bámbula, presentan unas características específicas que hacen variar el papel y la función que cumple la actividad estética dentro del sistema.[2]
De ahí nace el interés sobre qué lugares, sitios, zonas, pueden ser consideradas como “espacios estéticos”, con el objetivo de socavar sobre la noción de “estética” contenida en un espacio particular; así como de profundizar qué características, aspectos, elementos, ideas, etc., influyen en un espacio para que alguien lo tome como algo estético.  Para lograrlo, se analizan los espacios tomando como punto de partida dos nociones sobre lo que se considera estética, que aunque su definición sea distinta, las dos convergen en varios rasgos que definen un espacio estético.

Aquí es menester saber que la actividad estética  es entendida como un comportamiento en donde lo práctico y espiritual aparecen a la vez.[3] Es decir, como un comportamiento vinculado de forma estrecha a nuestra cotidianidad y no a una acción desarrollada en términos de producto-mercancía, alejada totalmente del día a día y rompiendo con el significado profundo que inspira la elaboración del objeto cuando se realiza como una actividad ligada estrechamente a condiciones de trabajo.

La anterior definición nos conduce a una estética en la que los factores prácticos y espirituales no están aislados. Allí, la vida social y la realidad, aparecen simultáneamente, lo que hace pensar que un espacio estético es ese que la persona construye día a día, o paso a paso; en el cual se transita, estacionan, divierten, ordenan las cosas. También, aquél que produce significados y una valoración por parte del individuo. Por ejemplo, un potrero para algunos puede significar el lugar donde cultiva sus ganados, pero, para otros, es un lugar de diversión. Es decir, los significados y la idea que producen la acción de habitarlo, construirlo, darle movimiento, son las que dan tintes de estética a un espacio frío-colorido, oscuro-iluminado que conforma una representación de la realidad del individuo en donde intervienen factores subjetivos y, por lo tanto, aunque la realidad y el espacio sean objetivos, no se persigue de forma desesperada la objetividad.

La segunda noción de estética es aquella considera por Kathya Mandoqui como: La estética prosaica, la estética cotidiana[4]. Esta autora mexicana se distancia del uso general que reside en la estética como referencia a lo bello. Este tipo de uso y sus similares (bonito, agradable, elegante, graciosos) impulsan a una demarcación sobre el concepto para establecer un punto de partida que, como apunta ella, “nos permita manejar un sentido más preciso al de su uso corriente, ya sea cotidiano o en la tradición teórica”. No asume, entonces, la posición exclusiva de la estética como estudio del arte.

Por otro lado, Kathya Mandoqui considera que la estética es diversión[5], por lo tanto, como ya se trató previamente, está inseparablemente unida a la noción anterior mediante la convergencia de lo práctico y espiritual. Práctico o funcional, en el sentido de que un espacio puede ser utilizado para estudiar, pintar, divertirse pero al mismo tiempo evoca sentimientos, recuerdos, sueños y más. La estética para Mandoqui no es un “juicio desinteresado”, como lo expresa la visión kantiana, y sí el goce, disfrute, armonía, de diferentes manifestaciones de lo cotidiano, pues, con palabras de Mandoqui, “lo bello/estético no es una cualidad de los objetos sino un efecto de la relación que el sujeto establece con objeto desde un contexto social de valorización o interpretación particular”[6].

Desde la disciplina geográfica se ha considera al espacio, al igual que al tiempo, como construcciones sociales profundamente arraigadas en la materialidad del mundo. Esto nos lleva a entender al espacio como un contenedor de procesos determinados por elección social y que son producto de las distintas formas de espacio y de tiempo que los seres humanos encuentran en su lucha por la supervivencia material. En este sentido, y a pesar que el tiempo y espacio son hechos naturales, las concepciones sobre los mismos no pueden ser entendidas fuera de los acervos culturales, intelectuales y metafóricos  de los grupos sociales presentes en ellos ya que, es imposible conocer tales hechos desligados del entramado cultural simbólico que incluye en lenguaje y nuestras creencias.

En ese orden de ideas, el sujeto espacializa fenómenos, sistemas y procesos que contienen dosis grandes del carácter de subjetividad individual de la persona que representa a través de su práctica social sueños, aspiraciones, deseos, imaginarios, etc; en los espacios, construyendo así una relación  de forma casi inmediata e impregnándolos de tintes estéticos. Así, lo estético se encuentra ubicado, más que en la faceta del racionamiento (pensar) del por qué lo estético, en la gestación del encuentro, del sentir. Es decir, en espacios que promueven el encuentro y el goce con el lugar.

En esa dirección, entonces, se concibe la idea de que la denominación de un lugar, escenario, zona como espacio estético es única y exclusivamente producto de la relación que el sujeto establece por medio de sus valoraciones, significados, representaciones, identidades con el objeto, que, en este caso, sería su espacio: llámese sala de estudio, cuarto, lugar de diversión, potrero, calle, andén, rincón de salón, etc. Los espacios, por ende, no se definirían estéticos por “sí mismos”, en una especie de juicio interior, sino que en ellos actúan relaciones emprendidas por el sujeto, que son las que agregan la etiqueta de estético al objeto.

Por último, decir que la búsqueda de la estética no está bajo el marco de lo bello sino en la exploración de la belleza, en palabras de Mandoki como el “resultado de la substantivación de adjetivos, un efecto del lenguaje, más que un hecho ontológico”[7].



[1] BÁMBULA, Juliane. Lo estético en la dinámica de las culturas.  Editorial Universidad del Valle. 1993.
[2] Ibid. p. 105.
[3] Ibid. p.  
[4] MANDOKI, Kathya. Estética cotidiana y juegos de la cultura: prosaica I. 2005. pp. 216.
[5] MANDOKI, Katya. Estética cotidiana y juegos de la cultura: prosaica I. Tomo I.
[6] Ibid. p. 12.
[7] Ibid. p. 10.

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