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| Foto: tomada de facebook Soñadores Siloé |
Lo estético, plantea
Bámbula, es inmanente a toda cultura humana desde tiempos remotos. Las
civilizaciones antiguas conservaban una estética que no ha sido sistematizada y
por ende es desconocida, pues “solo en la civilización occidental posterior a
la aparición del racionalismo existe la estética en condición de algo que se
comprende como disciplina teórica y que aspira a la racionalidad en la relación
con su objeto”. (Bámbula, 1993.)
Vista desde el sentido y
como producto de la visión occidental y de la Edad Moderna, la estética sitúa
al arte en el centro de sus reflexiones. Sobre la posición de su papel, apunta
Bámbula, que la estética “aparece generalmente como una teoría del arte o como
una filosofía del arte, siendo su punto de partida el arte como una realidad
concreta en el primer caso y la reflexión filosófico-teórica en el segundo”.
En este sentido, la
reflexión sobre el arte, como apunta Fernando Cruz, en el prólogo de Lo estético en la dinámica de las culturas,
“debe ser capaz de percibir que su objeto no es la obra sino la relación entre
sujeto y objeto”[1].
Esta interrelación entre el sujeto y el objeto deriva en una perspectiva
compleja que toma en cuenta la interacción del sujeto con una realidad
extra-subjetiva, incluyendo la relación del individuo con su espacio y siendo
parte a la misma vez de un sistema cultural, que cómo afirma Juliane Bámbula,
presentan unas características específicas que hacen variar el papel y la
función que cumple la actividad estética dentro del sistema.[2]
De ahí nace el interés
sobre qué lugares, sitios, zonas, pueden
ser consideradas como “espacios estéticos”, con el objetivo de socavar
sobre la noción de “estética” contenida en un espacio particular; así como de
profundizar qué características, aspectos, elementos, ideas, etc., influyen en
un espacio para que alguien lo tome como algo estético. Para lograrlo, se analizan los espacios
tomando como punto de partida dos nociones sobre lo que se considera estética,
que aunque su definición sea distinta, las dos convergen en varios rasgos que
definen un espacio estético.
Aquí es menester saber
que la actividad estética es entendida como un comportamiento en donde lo práctico y espiritual aparecen a la vez.[3] Es decir, como un
comportamiento vinculado de forma estrecha a nuestra cotidianidad y no a una
acción desarrollada en términos de producto-mercancía, alejada totalmente del
día a día y rompiendo con el significado profundo que inspira la elaboración
del objeto cuando se realiza como una actividad ligada estrechamente a
condiciones de trabajo.
La anterior definición nos
conduce a una estética en la que los factores prácticos y espirituales no están
aislados. Allí, la vida social y la realidad, aparecen simultáneamente, lo que hace
pensar que un espacio estético es
ese que la persona construye día a día, o paso a paso; en el cual se transita,
estacionan, divierten, ordenan las cosas. También, aquél que produce
significados y una valoración por parte del individuo. Por ejemplo, un potrero
para algunos puede significar el lugar donde cultiva sus ganados, pero, para
otros, es un lugar de diversión. Es decir, los significados y la idea que
producen la acción de habitarlo, construirlo, darle movimiento, son las que dan
tintes de estética a un espacio frío-colorido, oscuro-iluminado que conforma
una representación de la realidad del individuo en donde intervienen factores
subjetivos y, por lo tanto, aunque la realidad y el espacio sean objetivos, no
se persigue de forma desesperada la objetividad.
La segunda noción
de estética es aquella considera por Kathya Mandoqui como: La estética prosaica,
la estética cotidiana[4]. Esta autora mexicana se
distancia del uso general que reside en la estética como referencia a lo bello.
Este tipo de uso y sus similares (bonito, agradable, elegante, graciosos)
impulsan a una demarcación sobre el concepto para establecer un punto de
partida que, como apunta ella, “nos permita manejar un sentido más preciso al
de su uso corriente, ya sea cotidiano o en la tradición teórica”. No asume,
entonces, la posición exclusiva de la estética como estudio del arte.
Por otro lado, Kathya
Mandoqui considera que la estética es diversión[5], por lo tanto, como ya se
trató previamente, está inseparablemente unida a la noción anterior mediante la
convergencia de lo práctico y espiritual. Práctico o funcional, en el sentido
de que un espacio puede ser utilizado para estudiar, pintar, divertirse pero al
mismo tiempo evoca sentimientos, recuerdos, sueños y más. La estética para Mandoqui
no es un “juicio desinteresado”, como lo expresa la visión kantiana, y sí el
goce, disfrute, armonía, de diferentes manifestaciones de lo cotidiano, pues, con
palabras de Mandoqui, “lo bello/estético no es una cualidad de los objetos sino
un efecto de la relación que el sujeto establece con objeto desde un contexto
social de valorización o interpretación particular”[6].
Desde la disciplina
geográfica se ha considera al espacio, al igual que al tiempo, como
construcciones sociales profundamente arraigadas en la materialidad del mundo.
Esto nos lleva a entender al espacio como un contenedor de procesos
determinados por elección social y que son producto de las distintas formas de
espacio y de tiempo que los seres humanos encuentran en su lucha por la
supervivencia material. En este sentido, y a pesar que el tiempo y espacio son
hechos naturales, las concepciones sobre los mismos no pueden ser entendidas
fuera de los acervos culturales, intelectuales y metafóricos de los grupos sociales presentes en ellos ya
que, es imposible conocer tales hechos desligados del entramado cultural
simbólico que incluye en lenguaje y nuestras creencias.
En ese orden de ideas, el
sujeto espacializa fenómenos, sistemas y procesos que contienen dosis grandes
del carácter de subjetividad individual de la persona que representa a través
de su práctica social sueños, aspiraciones, deseos, imaginarios, etc; en los
espacios, construyendo así una relación
de forma casi inmediata e impregnándolos de tintes estéticos. Así, lo estético
se encuentra ubicado, más que en la faceta del racionamiento (pensar) del por
qué lo estético, en la gestación del encuentro, del sentir. Es decir, en espacios
que promueven el encuentro y el goce con el lugar.
En esa dirección,
entonces, se concibe la idea de que la
denominación de un lugar, escenario, zona como espacio estético es única y
exclusivamente producto de la relación que el sujeto establece por medio de sus
valoraciones, significados, representaciones, identidades con el objeto, que,
en este caso, sería su espacio: llámese sala de estudio, cuarto, lugar de
diversión, potrero, calle, andén, rincón de salón, etc. Los espacios, por
ende, no se definirían estéticos por “sí mismos”, en una especie de juicio
interior, sino que en ellos actúan relaciones emprendidas por el sujeto, que
son las que agregan la etiqueta de estético al objeto.
[1]
BÁMBULA, Juliane. Lo estético en la dinámica de las culturas. Editorial Universidad del Valle. 1993.
[2] Ibid.
p. 105.
[4] MANDOKI,
Kathya. Estética cotidiana y juegos de la cultura: prosaica I. 2005. pp. 216.
[5] MANDOKI,
Katya. Estética cotidiana y juegos de la cultura: prosaica I. Tomo I.
[6] Ibid.
p. 12.
[7]
Ibid. p. 10.

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